El pasado domingo por la tarde-noche bajé a dar un paseo por el puerto. Ibamos a echar un vistazo a la "fiesta de la cerveza" (dos abstemios) pero "tiraba" la tierra de la canciller más que la bebida, luego resultó ser una reunión de cuatro personas y algo desangelada pero no están los tiempos para despilfarros aunque el español guste de estar en la calle, de beber y de reír...
Pero lo importante no fue esa visita, lo genial y fascinante sucedió antes de llegar allí, de repente una sombra gigantesca de formas orondas nos miraba: ¿qué es eso? pues "eso" resultó ser una escultura del señor Ripollés y ¡oh. mi asombro! todo el paseo estaba lleno. No pude evitarlo y las toqué todas, las miré de arriba abajo, sonreí, creo que me sonrieron y la gente se hacía fotografías junto a ellas... me pareció estar en mitad de un sueño surrealista donde había sido generosamente invitada a participar.

Arte en la calle. Y arte cercano, tierno, casi infantil, divertido, loco... No es como cuando vas dando un paseo por el castillo y te encuentras a esta gente que se apunta a clases de baile y se ponen en mitad de la calle a danzar (je je je j) que una se queda mirándoles y piensa ¿ bailáis por diversión o encima hay que hacer deberes luego? (vaya con todos mis respetos) pero hace poco me tropecé con un grupo que parecían bailar sardana (luego resultó ser salsa) y agité la cabeza sonriendo: "cuando un hobby te lleva a practicarlo en mitad de la calle para que te aplaudan lo bien que lo haces pssssssssssssst pierde todo el encanto" Aunque esa es otra historia (como decía mi admirado Michael Ende)
¡Pero estas esculturas estaban ahí silenciosas! rompían el tedioso paseo y previsible (el del puerto no el que dábamos nosotros, je) de una manera humilde y sé que puede parecer contradictorio. No parecía que el maestro estuviese diciendo a través de ellas "mirad qué buen escultor soy", parecían regalos esparcidos por la calle como en una mañana de Reyes en una casa llena de críos.
Me gusta la humildad. Adoro ese estar sin estar...
Dije que me gustaría dar las gracias a alguien por encontrarme esa sorpresa tan agradable en mi gris Alicante, querida y odiada a partes iguales, pero no es culpa suya sino de los que la habitamos es obvio por lo que la obra de Ripollés sirvió, sirve para darle ese toque de vida, fantasía... que le hacía falta.