El pasado domingo quedé con un amigo para pasear por la playa, o eso creía yo. Con puntualidad británica me esperaba sobre las once y media. Lucía un sol de justicia, es decir justo, justo demasiado para las fechas que estamos. Ya de camino me molestaba toda la ropa. Intercambiamos resúmenes sobre cómo nos trata la vida, algún chascarrillo y un libro. Llegamos a San Juan y su playa kilométrica.
Mi amigo ha hecho el camino de Santiago, eso debió darme alguna pista, lo sé. El caso es que la conversación dirigió mis pies. Me pongo la chaqueta, me la quito, comentarios sobre el día tan pre-cio-so que hace, y más charla. A nuestro alrededor gente que corre, niños patinando y alguna que otra chocando contra una palmera traviesa...
Las endorfinas comienzan a jugar su papel. Nos paramos, hacemos fotos y nos reímos (¿hemos dicho algo gracioso o ya teníamos la insolación?)
Me encanta la playa. Es el lugar perfecto para hablar, despejarse y en verano para quitarse los calores pero, como todo en la vida, en demasía es mucho. Cuando me quise dar cuenta la playa se había acabado.
- ¿Hemos llegado al final?, pregunta obvia
- Creo que sí, respuesta con guasa
Ea, pues giramos sobre nuestros talones y seguimos con la charla. Eso sí, noto que el tono es más positivo, hemos arreglado nuestros pequeños conflictos, hecho terapia playera de todo a 0'60, pero algo no termina de ir bien para mí: me gusta caminar pero, el Lorenzo se ha cebado con mi pobre cabecita y el punto de referencia (un chiringuito) se ve más lejos cada vez.
- Oye, ¿cuántos kilómetros tiene esta playa?
-Pues unos ocho o así...
Mis pies van bien, mis piernas idem, mi amigo continúa hablando y yo ya veo espejismos: el chiringuito me parece una ilusión óptica y mi acompañante está borroso, me froto los ojos y me recuerda a Forrest Gump. Me temo que quiere salirse de la playa, del pueblo... es más ¡del mapa! y cual ciclista siento que tengo una pájara y cuando por fin intuyo el coche que nos ha traído ¡¡quiero seguir yo!! van a ser casi las tres de la tarde y ninguno ha comido nada desde el desayuno, no importa mis piernas están fuertes y me piden más y más.
M.A.
-Esteeee, me esperan para comer...
-Ya, ya pero yo voy a seguir un rato
-¿En serio?
-...
No sé qué pasó pero como si me hubieran dado tremenda bofetada: volví en mí, me toqué la cabeza cual nena aturdida y di por concluida mi aventura en solitario.
-Venga vámonossssss, le dije con cara de québienmelohepasado pero, esto se avisa. Para estas excursiones yo uso mochila y gorra.
Por cierto, cogí color... rosa eso sí, pero color.