-Bonita canción-murmuró la mujer
"No la he escuchado en mi vida", pensó para sus adentros Altea, poniendo cara de agotamiento.
La señora parecía dirigir la "operación café". Buscó una mesa en un rincón, cerca de una planta de plástico que le daba un aire "acogedor". Se deslizó sobre la silla y con la mirada la invitó a hacer lo mismo. Ahí estaban frente a frente. Dos desconocidas. Que en el fondo, no lo parecían tanto.
-Sé que debes pensar que soy una chiflada, una entrometida y mil cosas más Altea-le dijo la mujer sin darle tiempo a abrir la boca.
-Bueno...-musitó mirando de derecha a izquierda.
-Admito lo del entrometimiento pero créeme tengo mis razones. Sé que no somos amigas, que no soy tu madre, ni nos une nada, aunque en ocasiones pienso que los "extraños somos los mejores amigos"
La muchacha comenzó a morderse las uñas mientras la miraba fijamente.
-Eso que dice es bonito, suena bien, tal vez para un culebrón, pero vivimos la realidad y usted no vive la mía-se lo dijo con una calma que hasta le sorprendió a ella.
-Toda la razón-admitió Eloísa- pero, precisamente por eso, porque está ligeramente alterada, he aparecido en la tuya.
-Señora… ¿Eloísa? –dudó falsamente- yo le agradezco todo. Hasta este café que tengo delante porque no había desayunado. Pero, si me faltaran cinco céntimos para el autobús y usted me los prestara se lo agradecería más que “esto”… que, bueno, lo que trata de hacer por mí.
-No te pongas nerviosa preciosa- y ante la cara de asombro de Altea la señora que parecía el icono de todas la abuelas “perfectas” del planeta, encendió un cigarro, todo con movimientos suaves.
-Mire… tengo todo el derecho a alucinar con usted, me dice cosas que son tremendas, me “acusa” de querer acabar con mi vida y aparece y desaparece de mi vida como si fuera mi hada madrina, y usted y yo sabemos que eso no existe- arrastró cada palabra recostándose en la fría silla metálica.
-Ja ja ja ja ja ja, perdona, Altea, pero soy de todo menos un hada madrina, de pequeña trabajaba, no tenía tiempo para cuentos. No te niego que la idea es seductora (y surrealista) pero, soy un ser humano como tú al que el culo se le está helando en estas sillas.
El giro de la conversación “despertó” a la chica. Pudiera ser que aquella mujer extraña no estuviera “locuela” ni que pretendiera nada malo. Igual estaba más sola que la una y necesitaba con quién hablar y, tal vez, por sus años, había intuido su bajón emocional. Así de simple.
-Las apariencias engañan querida. Incluso tengo una lista en el bolso de maneras distintas en las que una puede quitarse de en medio-le espetó, mientras le ofrecía un papel blanco como la nieve con letra perfectamente manuscrita.
Altea cogió el papel y comenzó a leer en voz alta:
-vía del tren, tirarse desde un séptimo piso(pero de los de verdad que con estas construcciones antiguas nunca se sabe), beberse una botella de lejía o un sorbito (la verdad es que no lo tengo claro) o puedes hacer como mi hijo: desaparecer sin dejar rastro, en otra ciudad, otro país... porque no hay mayor ni mejor “suicidio” que ese: quitarte de en medio, pero de la vida de las personas que te quieren, siendo otro, en tu caso, siendo OTRA.
Tras leer lo último se quedó callada.
-Lo de la lejía me da asco, no soporto ni el olor cuando hay que limpiar-dijo la chica a la mujer porque no tenía ni idea qué esperaba de ella.
-Bueno, bueno… entonces sólo te quedan dos opciones-y le dio una larga calada al cigarro.