ALTEA CONOCE A ELOÍSA
Aquella mañana se despertó, se tapó la cara y como los niños pequeños hacen, fue poco a poco, asomándose entre sus dedos. Estaba demasiado oscuro. Se asomó por la ventana diminuta de su habitación y vio que llovía con fuerza.
-ya está, -dijo en voz alta- me quito la ropa, me pongo delante de la ventana y cojo una neumonía doble, si es que eso existe… y caminó descalza hasta la cocina.
Sin poder evitarlo, se dirigió antes al salón donde estaba el portátil también “dormido”. Lo encendió y efectivamente ahí tenía varios mensajes de los candidatos a compartir momentos de lujuria con ella, antes de que decidiese o encontrase el modo de esfumarse de este mundo. Sonrió y volvió a la cocina.
No le gustaba lo del desayuno. Mientras se preparaba un café seguía mirando que lo de la lluvia iba en serio. De repente se acordó de algo muy tonto pero “grave”: no tenía paraguas. Dios qué pocas ganas de ir a la tienda tenía aquél día. Tres años trabajando allí y jamás una falta. Jamás había dejado de ser la chica agradable que asesoraba a las señoras de turno. ¿Y si fuera traviesa? Podría llamar a su jefa y así tendría más tiempo para ir a casa de su madre y hacerle compañía. Además, ya ni sabía lo que era un sábado libre. En realidad ¿qué era un sábado?
Fue fácil. Su jefa confiaba en ella y además sabía que tenía el “problema” (como muy sutilmente llamaba al cáncer de su madre) así que le dijo que no se preocupara. Que sería un día tranquilo por la lluvia y que se lo tomara libre.
Se sentía como cuando era pequeña e inventaba dolores imaginarios de tripa para quedarse en cama devorando libros y, por un momento, esa luz de nena de ocho años llena de vida se le metió dentro y sus ojos brillaron un instante. Justo hasta que decidió mirar el portátil de nuevo con un ignorado café que quedó encima de la mesa.
Había tomado una decisión. No estaba preparada para quedar con nadie de aquella “discoteca” de la red. Hombres que ponían poesías (normalmente no eran los autores), hombres que se notaba que salían de un divorcio y querían pasarlo bien pero, ¿en qué plan?, buenos hombres, románticos a los que sí les apetecía tener una cita y probablemente volver a quedar y así conocerse. Pensando en estos últimos se quedó pensativa… y mirando al techo pensó:”no es justo. Una noche de pasión con uno de ellos y a la semana siguiente le digo que quedemos en la estación del tren y me pongo delante de un vagón delante suya, sí, muy romántico pero nada con futuro”
Así que hizo algo que consideró normal y correcto. Y puso en su perfil:
“lo siento, no contestaré a ningún mensaje porque tengo pensado suicidarme y no tendré tiempo, ha sido un placer”.Y de un golpe cerró el ordenador. Ya estaba hecho.
A los veinte minutos estaba en la calle con un chubasquero bastante feo que había rescatado del armario. Debía estar en las nubes el día que lo compró porque le estaba enorme. Caminaba mirando a las baldosas cuando tropezó. No terminó de decir “perdón” cuando se dio cuenta de que tenía delante a la señora que adivinaba sus intenciones.
-¿Todavía por el mundo de los vivos?-le preguntó la señora con una dulce sonrisa.
-Usted… usted es algo rarita ¿no cree?-musitó Altea.
-No lo sé. Tal vez. Pero yo quiero seguir viva aunque esta vida sea una mierda.
Allí estaban. Una con el chubasquero gigante en mitad de la calle y la otra con un paraguas enorme negro y una sonrisa encantadora que parecía tener dibujada como las cejas.
-¿te tomas un café conmigo?
-voy a ver a mi madre. Otro día será. Pero gracias-se lo tuvo que decir con una sonrisa forzada.
-serán quince minutos. Si quieres vamos a algún lugar cerca de su casa y así no te retrasas- y le guiñó un ojo.
-no se rinde, ¿verdad? Usted… usted…-le ponía nerviosa aquella venerable "anciana"
-“usted” se llama Eloísa y el café nos vendrá bien a las dos y la asió por un brazo mientras muy segura comenzó a caminar.
Qué podía hacer. Al final ni había desayunado y esa señora la había “secuestrado”. No tenía ni ganas de protestar. Así se enteraría de quién era de una vez.