Para esos seres "raros" que han ido leyendo algunas cosas por aquí y han hecho broma con la "aprada" sólo una línea, es personal, y nada tiene que ver con "ALTEA", pero, bueno, también lo conté aquí, en plan terapia virtual je así que parece que tengo que decir como "obligación": YA NO SOY UNA "APRADA". Dicho queda. Estoy contenta y los que me rodean y me quieren también. Ya tocaba :-)
Ex aprada
Y ahí va una frase de una persona que siempre me hizo "gracia" pero ahora veo que podemos aplicárnosla todos en cualquier momento ni pa ser menos ni pa ser más, simplemente para no perder el norte y saber que todos/as somos válidos...
" MENOS QUE TÚ. MÁS QUE CUALQUIERA"
Lo siento, pero no soy de las que se enfadan con desconocidos que dejan comentarios anónimamente en este blog, es más, me divierte. Si tuviese que profundizar en el cerebro humano y en los comportamientos absurdos que todos tenemos estaríamos todos horas y horas pensando y no llegaríamos a ninguna conclusión. Un mal día lo tiene cualquiera. Supongo.
Pero aquí SE DEJA UN ENLACE PARA QUE LA QUE ESCRIBE O QUIEN QUIERA :-) RESPONDA A FRASES "CON TANTÍSIMO ARGUMENTO"
Bajo Presión / Under Pressure
La presión me está aplastando
Una presión que nadie pidió
Bajo presión arden edificios
Las familias se dividen y la gente se queda en la calle
Es terrible saber de qué va este mundo
Mirando cómo algunos amigos gritan "Déjenme salir"
Rezo para que mañana me sienta mejor
Presión sobre la gente, la gente en las calles
Dando vueltas, pateando mi cerebro por el suelo
En estos días no llueve, caen aguaceros
Presión sobre la gente, la gente en las calles
Es terrible saber de qué va este mundo
Mirando cómo algunos amigos gritan "Dejenme salir"
Rezo para que mañana me sienta mejor
Presión sobre la gente, la gente en las calles
Le di la espalda a todo, como un hombre ciego
Me senté en una valla, pero no funcionó
Sigo encontrando amor, aunque destrozado y en pedazos
¿Por qué, por qué, por qué, amor?
La locura ríe bajo presión
Nos estamos rompiendo
¿No podemos darnos otra oportunidad?
¿Por qué no le damos otra oportunidad al amor?
¿Por qué no podemos dar amor?
Porque amor es una palabra pasada de moda
Y el amor te desafía a cambiar
La manera de cuidar de nosotros mismos
Este es nuestro último baile
Así somos bajo presión
Bajo presión
Presión
Ha pasado un mes. Y Altea ha tenido varias citas con hombres a través de esa web que descubrió. La mayor sorpresa (incrédula mujer) fue ver que al primero que escribió con desgana le contestó al día siguiente. Ni estrategia, ni hacer esperar… ahí estaba su proposición, la hora, el lugar, etcétera. Ni siquiera sabía cómo era ella y le daba igual. Tomaron algo. Y él no había mentido era tal como se había descrito.
Eso sí, tenía una voz aguda que chirriaba más y más cada vez que pronunciaba la palabra “cielo” (algo que hizo durante el encuentro unas doscientas veces) era aburrido y simple. Más simple que una zapatilla de estar por casa, ya se sabe que a ellas sólo se les pide que te calienten los pies y nada más. Pues este hombre tenía como objetivo y motivo de existencia en la vida el ser una “zapatilla humana”. Quería dar calor a todas las mujeres del planeta. Y lo que habría podido parecer el "partido", el "candidato" ideal, extrañamente le provocaba el efecto contrario.
A Altea la conversación le aburrió tantísimo (a una depresiva con pensamientos suicidas no hay que provocarla) que se inventó a un hijo que no tenía y que había dejado en casa con molestias en el estómago por culpa de la “comida basura” que ella, como buena madre ficticia, le prohibía que tomara. Y que él, como mal hijo ficticio, había desobecido tomándola.
Él "rey del mambo", aturdido, no podía entender que esa mujer de ojos apagados y aureola gris que la envolvía a kilómetros pero que tenía su “visto bueno” no quisiera terminar la noche compartiendo algo más que la cerveza.
Pero ella se levantó le dio dos besos al aire (simulando que eran las mejillas) e intentó poner cara de madre sufridora y le espetó el consabido "ya nos veremos". Es más, “lo prometió”.
Mientras se alejaba por las escaleras mecánicas todavía podía ver la cara de sorpresa del tipo. Pero ¿acaso estaba ella tan mal de la cabeza? De acuerdo, la preguntaba sobraba. Lo acertado sería preguntarse: “¿me iría a la cama con semejante mendrugo?” y poniendo la típica cara que ponemos cuando una tiza chirría en la pizarra se aferró a su inseparable mochila. Aprovechó y sacó el móvil para realizar la llamada a su "hijo" porque aquella maldita escalera mecánica iba tan lenta como los pensamientos del moreno de complexión ¿atlética, normal? ¡Qué más daba!
El resto de encuentros que mantuvo no llegaron a buen puerto. Comenzaba a “sospechar” de su integridad. ¿Acaso la tenía? Porque cuando una persona decide abandonar este planeta no tiene tantísimos reparos simplemente para tener una relación sexual con una persona a la que no volverá a ver jamás.
Odiaba a su inconsciente. Estaba segura de que “él” le estaba haciendo trampas. ¿Tan difícil era plantarse delante del sujeto en cuestión y no escucharle como hacía con el resto de seres que la rodeaban? Y simplemente mantener una relación NORMAL entre un hombre y una mujer. Abrazos, besos, gemidos, pasión desenfrenada, lujuria. Algo de “vida” para volver a morir después. Suponía que su capacidad para anticiparse a las situaciones era la que estaba poniendo la zancadilla a esas “apasionantes” citas (normalmente en centros comerciales)
A veces, tumbada en su butacón ibicenco de adopción con la vista fija en su techo pintado de azul se descubría elucubrando el final del encuentro con el tipo en cuestión de aquella semana.
Ella lo tenía claro. Se iría y adiós muy buenas. ¿Pero y él? Y ¿si quería volver a quedar? ¿Y si la seguía hasta su casa e intentaba establecer algún lazo afectivo? Entonces se revolvía en su propio ser y se tapaba la cara con un cojín feo verde. “Soy peor que Woody Allen en sus papeles de neurótico obsesionado con las mujeres y el sexo, ¿también tener sexo es un problema para mí?” y ahí daba unas cuantas patadas al aire, miraba con desdén al portátil y pensaba: “Es complicado tener sexo y suicidarse” y ya comenzaban a ser demasiadas complicaciones en su vida.
Necesitaba sexo, no psicoanalizarse. Tumbada como una rana marcó el número de su madre. Aquello al menos tenía sentido. Su madre tenía una enfermedad REAL, ella, simplemente, estaba viva sintiéndose muerta que era peor. Además de todo lo anterior: egoísta. Se estaba cubriendo de gloria.
Cuando llegó a casa tiró la mochila y abrió el frigorífico. Como “buena” soltera-deprimida, tenía sus suministros alimenticios bajo mínimos. Alguna tableta de chocolate. Algún trozo de lo que fue un pastel envasado y que servía como arma si alguien intentaba atracarle.
“no tendré esa suerte”-musitaba,mientras prácticamente arrodillada buscaba con desgana algo que comer. ¿Acaso tenía hambre? No. Pero sí ansiedad y esa había que calmarla con lo que fuera. Lo de beber además de caro le parecía estúpido. Aunque no tuviera nada de inteligente aprovisionarse con una caja de surtido de galletas que había encontrado en uno de los últimos cajones.
“¿Cómo leches has llegado hasta aquí?” le “preguntó” mientras comenzaba a devorar galletitas de formas y sabores varios. Daba igual.
Se echó en un sofá algo raído que disimulaba con un pañuelo de considerables dimensiones que había comprado en Ibiza hacía “cien” años. Era de varias tonalidades pastel: azul, naranja, verde, blanco… en algún momento de su vida le gustaba y le transmitía paz. Ahora le servía para no ver el horror que tenía como butaca.
Se quedó allí, comiendo en silencio. Con los huesos entumecidos y mirando fijamente al techo. Observó el aparato de televisión pero no tuvo tentaciones de encenderlo.
Miró a su alrededor y descubrió el portátil que le habían regalado las pasadas navidades (su madre y su forma de “compensarle” que le habían descubierto un cáncer: regalitos caros) apenas lo utilizaba y eso que se había dado de alta en Internet porque una clienta le aconsejó que sería tonta si no aprovechaba la oportunidad y además “por un Chat, mi niña ha conocido a un chico majísimo” (meses más tarde se enteraría de que el chico “majísimo” todavía no había tenido una cita en carne y hueso con la niña de sus ojos) ¡qué más daba aquella absurda historia!
Estiró los brazos y se lo puso sobre las rodillas. Lo encendió y frente a ella se abrió la “ventana” aunque no sabía muy bien qué hacer exactamente.
Lo primero fue revisar una cuenta de correo que se había abierto. Nada estimulante. Publicidad y mensajes que supuestamente iban dirigidos a ella, pero de remitentes que no conocía ni por asomo.
Apáticamente los miró y ni los eliminó. Mientras echaba un vistazo a uno que le hablaba de unas “merecidas vacaciones” observó un banner que parpadeaba. En él se veía la fotografía de un chico de unos veinticinco años que con una sonrisa blanca como la nieve le “decía”: “me llamo Marcos, soy de Almería y me gustaría conocerte”, al leerlo esbozó una sonrisa sarcástica y miró el nombre de la página web.
Por curiosidad la escribió en el buscador más famoso del mundo mundial. Ante ella se abría un nuevo mundo. Primero fue América en 1492 y ahora se trataba de éste. Era una página de contactos claramente.
“Qué poco originales” pensó para sus adentros, esto es como una agencia matrimonial o los anuncios de contactos de toda la vida en el periódico, se dijo meneando la cabeza con desgana. Pero no dejaba de leer perfiles. Los había desde "románticos" hasta otros que sólo buscaban sexo esporádico y sin compromiso puesto que tenían novia y no era plan de jorobar el papel de “chico bueno” que para la pareja en cuestión serían.
"Pedazo de mamones"-dijo con dos galletas en la boca.
Las provisiones fueron desapareciendo de la caja, mientras iba de un enlace a otro. De Lucas a Amante69 (propio de alguien quehabía escrito el sobrenombre en la oficina con la sombra del jefe acechándole porque no se explicaba tan poca imaginación)
Cuando una persona se encuentra baja de moral es muy fácil que se “enganche” a cualquier cosa que esté a su alcance. Hasta ahora había sido: La idea del suicidio y “programarlo”, autocompadecerse mientras disimulaba ante la clientela, trabajar como una autómata, representar el papel de chica feliz ante su madre habían sido sus “cuelgues”. Esa noche algo estaba sucediéndole.
Se detuvo a leer con “menosprecio” algo hipócrita, la verdad, un anuncio que rezaba así:
“Hola, me llamo Alberto. Vivo en Madrid. Tengo treinta años. Soy alto, moreno y de complexión normal. Me apetece (si a ti también te ocurre lo mismo) romper la rutina y tomar contigo una cerveza y no hablar de lo de siempre. Me aburre. Si te pasa lo mismo. Escríbeme: …”
De todos los que había leído éste le parecía llamativo porque estaba en la sección de “chico busca a chica” donde todos los mensajes eran muy explícitos, pero este, aunque probablemente tendría el mismo objetivo, se salía de la línea general que llevaba observando cuando miró el reloj: “¡¡¡casi las once de la noche!!!” y ahí estaba. “Atontada” ,“abducida” por una pantallita. No podía ser… se disponía a cerrar el “cacharro” cuando una ráfaga apenas perceptible de “vida” le invadió la mirada.
¿Y si le escribía? Total...No tenía sexo ni sabía desde cuando. Y no atravesaba un momento para ser muy selectiva. Además jugaba con ventaja: no tenía miedo de que fuera un lunático porque ella estaba peor que él en ese caso.
Veamos. No paraba de escuchar críticas a este nuevo tipo de relaciones. “Es como si no viviesen la realidad, como si se negasen a enfrentarse a las dificultades que tiene la vida”(decía "la gente") pues aquello le iba como anillo al dedo.
Escribió un correo poco pasional y le dio a enviar. Cerró con rapidez el portátil y pensó que no sucedería nada. Es lo “bueno” del apático: que no espera nada…
Cuando has llorado largo rato la sensación sedante es intrigante. El dolor físico o mental no ha desaparecido pero es como si parte de tu angustia se fuera por el desagüe del lavabo.
Aturdida. Como si flotase en un sueño y el cuerpo apaleado dobló toda la ropa que no había conseguido vender y se encontró con el gran espejo que disponían en la tienda para que las clientas vieran en ese reflejo la belleza que la gran mayoría de la sociedad no era capaz de observar. Se puso sobre su menudo cuerpo uno de esos enormes vestidos y ahí se quedó mirándose. Primero se percató que nunca había hecho semejante cosa. Y luego, reparó en su rostro, la hinchazón de los ojos había bajado. Apartó el vestido de su cuerpecito y lo dobló con delicadeza.
Cuando terminó con la caja se permitió volver a pensar en aquella mujer. Cómo era posible que supiese tantas cosas sobre ella. Desde luego no era un tema que saliese en la tienda para entretener a las clientas. Es más, aquel local tenía un algo que le hacía olvidarse de la realidad y procuraba no pensar en ello, excepto aquella tarde donde la “aventajada” busca ropa (y poco compradora) había irrumpido interrumpiendo su ya de por sí extraño llanto.
Bajó la persiana y puso algo de música, ni sabía quién cantaba, el caso era escuchar otra voz que no fuera la suya propia que dentro de su cabeza comenzaba a “recordarle” su asunto.
¿Cómo era posible que alguien joven, con un empleo, con personas que veían en ella el summun de la felicidad (asociada al físico lógicamente y a esa idea preconcebida de que todos los jóvenes son felices) tuviera ganas de “irse”?
Sacó un bloc de notas y empezó a garabatear sin sentido. Primero su propio nombre. Luego el de su madre. Después el de un hombre del que creyó estar enamorada. Parecía una quinceañera rellenando impulsiva.
Luego dibujó una flor, enorme. Blanca. Y tras mirarla unos segundos comenzó a rellenarla hasta que parecía cualquier cosa menos una flor.
“El dibujo nunca ha sido lo mío”-pensó, mientras dibujó lo que parecía un riachuelo y varios árboles, luego intentó dibujar una niña y a la tercera le pareció que “aquello” se asemejaba a una. A su lado dibujó a una mujer de largo cabello liso y dorado justo detrás de la niña. La miraba. Los brazos los tenía extendidos. Esa niña necesitaba mucho consuelo. Varias lágrimas de tinta salían de sus ojos inexpresivos.
Arrugó el papel algo enfadada y lo tiró a la papelera. “Esa mujer, esa mujer”-murmuraba mientras echaba un vistazo a su alrededor comprobando que todo estaba en orden, sin tampoco reparar mucho en los detalles. Eso sí, antes de salir a la calle se lavó la cara con un golpe de agua bien fría. Así se sentía ella: fría por dentro.
Y justo cuando echó la persiana de un fuerte golpe “decidió” que estaba enfadada con esa mujer. ¡Quién era ella! ¿Cómo osaba a decirle que sabía algo tan íntimo y además que no lo hiciera, por qué? ¿Acaso era familiar suyo? ¿Acaso habían sido amigas en otra vida?
Caminó con paso firme hasta la parada del autobús. Realmente estaba enfadada. Era su elección. Su vida. Su muerte, si nos poníamos a entrometernos en la vida de los demás.
“No tiene ni idea de nada” pensaba, imaginando que la tenía delante y se lo podía gritar. “¿Quiere acaso salvarme? ¿Tiene ella la solución para que pueda tomarme la pastilla mágica que haga que olvide lo que está sucediendo y ha sucedido? Y además siga viviendo día tras día sintiéndome libre como antes, fuerte, como antes. Yo. Como antes…” y el enfado se fue transformando en tristeza que sutilmente se hacía paso entre esos pensamientos. Y los ojos se le humedecieron. Allí: En la parada de todos los días. Los días en los que no pasaba nada que hiciese que se replanteara que su existencia tenía algún valor.
Rebuscó nerviosa en su mochila los auriculares. Los tertulianos no le hablaban y sí un médico (o similar) que lanzaba consejos sobre los cambios de ánimo según las estaciones. Miró al cielo y comprobó que casi parecían las doce de la noche a pesar de que era temprano. Apretó la mochila contra su pecho y miró a la carretera. No iba a lanzarse en mitad de ella. Eso lo tenía claro. Insistía en lo mismo: “suicidarse es tan difícil no quiero que otras personas se vean perjudicadas por mi destino". Suicida pero sensata.
Vivía en una acogedora casa de dos plantas. Demasiado grande para una persona. Mil veces lo piensa cuando limpia cada uno de sus rincones y quita el polvo invisible a su colección de fotografías.
Eloísa es toda ella redonda. Sus formas. Su sonrisa. Su cara. Excepto su vida. Hoy su gesto es especialmente radiante. Cuando ha vuelto de hablar con la muchacha que sabe que va a hacer “eso” ha tenido que buscar con rapidez pero sin agobios a Yves Montand para que la “acompañara” mientras se recreaba mirando una pared decorada con imágenes de ella hacía cuarenta años. Guapa. Más todavía.
Morena. Melena hasta la cintura y mirada desafiante. Vestida de mil formas pero siempre con un rasgo característico: su sonrisa. Ella hubiera sido una gran actriz si hubiese nacido en otra ciudad, otra época y en otra familia y ese pensamiento en vez de llenarle de amargura le hacía esbozar una medio sonrisa y un suspiro que terminaba con un recogerse los brazos frente al pecho.
Cuánta vida había allí en esas fotografías. Risas y gestos humorísticos. Un cuerpo esbelto y desenvuelto que posaba con gracia.
“Qué estúpida será”,pensaba, recordando a la muchacha a la que casi nunca le compraba nada. Y se dirigió a la cocina a tomar una infusión. Pasó por delante de unas escaleras que conducían a la segunda planta y que hacía mucho tiempo (demasiado) que no utilizaba. Se quedó inmóvil unos minutos. Mirando al vacío.
Su mente retrocedió diez años atrás cuando la casa no estaba dividida entre el pasado en forma de propia prohibición a subir esas escaleras y aquella época en la que los pies de alguien intrépido y lleno de vida descendía los peldaños para llegar hasta la cocina y espetarle un sonoro beso en la mejilla.
Sacudió la cabeza y las palabras del francés que le susurraban por toda la casa le empujaron hasta la cocina y hacia la idea de la infusión. Ya pensaría en la chica más tarde. Ahora sabía que hoy, desde luego, no haría nada. Pensaba en si la habría asustado aunque se rió por dentro y mientras calentaba el agua se deshizo del pensamiento: “la pobre está tan confundida…” se decía mientras su mano rozaba la mejilla desierta de besos hacía tantísimo tiempo.
Tiene una complexión atlética. Cuando lo tienes delante dan ganas de que te abrace porque inspira la sensación de protección que todos buscamos alguna vez. El problema es que Aitor no puede abrazarse y él también está falto de contacto físico. Lo máximo que obtiene de la gente que sube al autobús que conduce todos los días es alguna bronca o una mala mirada. Eso a Aitor le deprime.
Vive solo. Así lo decidió tras su divorcio. Se casó muy joven y ahora está algo perdido. A veces cree que está viviendo al revés. Que debió vivir solo antes que con ella. No importa. Hecho está.
No es de la ciudad. Él es del norte y, a veces, se “ahoga”. Pero allí vino por la mujer de sus sueños. El sueño se quebró y la apatía se hizo su amiga por lo que pensar en una mudanza resulta demasiado cansado física y mentalmente. Se quedaría allí
Le gusta la soledad. A veces, pasea por el casco antiguo y observa cómo se “divierte” la gente de su edad e incluso los más jóvenes. Él se apoya en una barra. Pide una bebida y escucha música. Nota las miradas de las féminas. Algunas se ponen a dos pasos frente a él y bailan provocativamente.
En ocasiones dos amigas cuchichean y le dedican un baile de lo más sensual. A Aitor le gustan las mujeres pero “eso no son mujeres”, piensa mientras da un sorbo a su copa. A él no le gustan las evidencias. Ni las cosas fáciles. No se fía. Es su carácter.
Por eso, con las manos hundidas en los bolsillos y su cuerpo de modelo derrotado, regresa a casa pensando en la chica del autobús. Le sale una media sonrisa de lobo mientras la recuerda en su cabeza. La imagina frente a él, al volver cualquier esquina y la “ve” casi desnuda. Indefensa como parece estarlo siempre. Sólo que en su imaginación él la abraza, le besa un hombro y le coge la cara para colarse en sus ojos.
“Me estoy cansando de su tristeza infinita” musita mientras se acerca a su portal con el ceño fruncido como un niño. El alcohol le empuja a hablar solo y a decir lo que realmente piensa.
Una vez dentro del piso ni se quita la ropa. No hay ganas. Se tumba en el sofá y cierra los ojos. El gigante derrotado pero, allí está otra vez. Desnuda. Frágil. Abatida. Y con un secreto que él no logra adivinar. Pero su sonrisa de lobo aparece dibujada en su cara una vez más. Pronto hablará con ella. No sabe de qué, no sabe cuándo pero le hablará aunque ella sólo le diga un "hola" hueco.
La disculpa. "Es sólo que no me ve... no me ve" y se queda dormido como un niño agotado tras jugar toda la tarde. Pero Aitor lleva "jugando" toda la semana a ser adulto conduciendo ese amasijo de hierros y ya no le parece igual de divertido que cuando tenía seis años y veía hacer lo propio a su padre.
Pressure pushing down on me Pressing down on you no man ask for Under pressure That burns a building down Splits a family in two Puts people on streets
(...)
(Queen)
A las cinco y media abrió la tienda. La persiana parecía pesar más aquella tarde.La encargada poco a poco había relegado en ella toda responsabilidad y decidió mantener la persiana bajada unos minutos.
Se recostó en la silla tras la mesita y comenzó a llorar, primero en silencio para después empezar a hacerlo nerviosamente, temblando como una niña pequeña indefensa.
“Me iré con ella”,musitaba, no podía parar, había entrado en un estado que le sorprendía. Como si todo el dolor que llevaba dentro aquella tarde hubiera decidido salir a borbotones, no era dueña de su llanto. De repente un ruido la sobresaltó, alguien golpeaba la persiana. Era “la clienta habitual”.
Ni siquiera se dio cuenta de que no podía dejar de llorar mientras subía la persiana. La señora lejos de asombrarse, entró y volvió a bajar la barrera que las separaba de la calle.
Lejos de preguntarle cualquier obviedad, la mujer la observó mientras la chica seguía sumergida en su doloroso llanto y le preguntó:
-¿Cuándo tienes pensado hacerlo?, su gesto era tranquilo, su mirada bondadosa pero firme. Al igual que el tono en el que le había preguntado.
-“No la entiendo” gimoteó la chica, con los ojos abiertos como platos. Entre desafiante y desconcertada.
- Sí me entiendes- le “recriminó” la mujer con una sonrisa tan dulce como desconcertante. ¿Estás segura de querer morir?
Tenía ganas de decirle que se marchara pero no podía, algo se lo impedía, tal vez el surrealismo de la situación y también ese halo de bondad que como una mano invisible le estaba acariciando sin tocarla desde los pies a la cabeza. Aunque ahora, ella no fuera receptiva al amor.
- No tengas miedo de mí, no soy una bruja salida de un cuento- y soltó una carcajada para volver a retomar esa sonrisa que le iluminaba el rostro- es sólo que sé lo que te pasa, no me preguntes la razón pero lo sé, ahora me voy a marchar, tú vas a pasar la tarde aquí, ahora que te has desahogado. Soportarás a todas esas mujeres que te robamos la poca energía que te queda, pero luego, cuando cojas el autobús sólo quiero que pienses en la razón verdadera que te está empujando a querer irte, ¿me lo prometes?
Dicho y hecho, tras el inesperado discurso que la había dejado estupefacta, subió la persiana y se fue tan despacito como había entrado. Sus palabras y el olor de su perfume quedaron flotando en el ambiente toda la tarde. Durante la cual atendió como una autómata a cuatro clientas sin dejar de pensar en la señora ni un solo minuto.
Lo cierto es que desde hacía unos meses su vida carecía de ilusiones o proyectos que la impulsaran a no abandonar este mundo, pero, además había que unir que su madre estaba luchando contra un cáncer y lo más próximo que tenía como figura materna eran todas aquellas señoras que la “acompañaban” en el autobús.
Las amistades se habían ido evaporando. La “mejor amiga” que tenía se había casado hacía un año y vivía en el norte de España. Así que su quehacer diario se reducía a trabajar como dependienta en una tienda de tallas grandes para señora y sus visitas a su madre prácticamente diarias.
¿El amor? El amor no le había sonreído ni tan siquiera guiñado un ojo. Aquella mañana pensaba en cómo se plantearía “su asunto” si tuviera una pareja que la quisiera. Pero que la quisiera de VERDAD, el pensamiento no duró mucho en su cabeza.
Las historias que había tenido en ese terreno se limitaban a noches de sexo compartido con un extraño que nunca se quedaba a dormir y que “no estaba preparado para iniciar nada”. Desde lo de su madre sus salidas nocturnas con una chica divorciada que había conocido en el autobús se habían espaciado hasta llegar a anularse. Sola. Estaba literalmente, sola.
Levantó la vista un instante mientras cerraba la libreta y se encontró con la mirada del conductor. Tan serio, con esa expresión hierática que pese a su estado le intrigaba. “Su vida sí es para tirarsepor un puente” le pasó por la cabeza mientras pulsó el timbre que avisaba que en la próxima parada abandonaría el vehículo.
El chico no dejaba de observarla. Así lo venía haciendo desde hacía meses. Incluso se había imaginado la vida que llevaba puesto que la de él no era precisamente emocionante. A veces se asemejaba a la de un hámster dando vueltas, día tras día por las mismas calles, cruzándose con multitud de personas con pocas ganas de hablar o demasiado ocupadas haciéndolo por el móvil o inmersas en la escucha de sus mp3. Pero ella… “Ella no es como los demás, sólo que no me ve”
La tienda. Ahí estaba, frente a ella. Ese lugar donde las señoras con miles de complejos buscaban en su persona además de asesoramiento, unas palabras cálidas.A veces se preguntaba si no le notarían que estaba planeando desaparecer del mapa. Pero por “raro” que a la “suicida” le pareciera, las señoras veían en ella a una psicóloga a la vez que dependienta. Resultaba paradójico.
La muchacha quería huir de todo, esconderse y trabajaba de cara al público y con una clientela que además buscaba un consuelo que curiosamente era lo que probablemente necesitaba más que nadie. Pero callaba y con su media sonrisa, sacaba faldas, blusas, conjuntos, pantalones enormes y de colores alegres para que esas mujeres no se sintieran invisibles como ella.
Tenía una clienta habitual. Una señora de sesenta años, viuda y que podía pasar hasta dos horas “eligiendo” y no llevarse nada. No le importaba. Tras el pequeño mostrador, con la mirada perdida la dejaba dar vueltas por la tienda y de vez en cuando le contestaba a algún comentario. Pero aquel día la señora no le dirigió la palabra. Sólo le sonrió de una forma muy dulce cuando se despidió y le rozó una mano cosa que le hizo dar un respingo y “despertar” de su estado. La despidió algo sorprendida.
Aquel día comió en un bar cercano y se acercó a casa de su madre. Se puso la máscara de “yo estoy bien y tú te pondrás buena” que tanto mal le hacía sentir y estuvo a su lado hasta la hora vespertina de la apertura de la tienda.
Su padre vagaba por la casa como un alma en pena. No había sido ni buen marido ni buen padre y su cara era el fiel reflejo de la culpabilidad y del miedo a la soledad. A ella no de daba ninguna lástima. Las visitas últimamente se limitaban a estar al lado de su madre y cogerla de la mano o arrodillarse como cuando era niña y abrazarla durante unos minutos tras los cuales le contaba cualquier anécdota insustancial ocurrida en la tienda con una sonrisa forzada.
Su madre la miraba con esos ojos que perdían la carrera a la vida con un infinito amor. A su hija se le daba tan mal mentir...