Alfredo no entendía de pintura. Al menos eso pensaba él. A veces, cuando en una reunión alguien lanzaba frases de este estilo:
"Si Kandinsky ya lo afirmó en su libro, qué más podemos añadir, lo abstracto tiene su propia vida, la pintura late con fuerza. La exposición del otro día me conmovió" se sentía un ser inferior, pero, ¿qué hacer si tus mejores amigos han recorrido otro camino? Cómo maldecía a su familia, a su barrio, al tiempo perdido, a las mujeres que persiguió y de las cuales nunca obtuvo un SÍ. Le gustaba martirzarse mientras paseaba por las calles con tales pensamientos. A veces comparaba a sus amistades con una tarta de siete pisos y él se veía instalado dentro del último, engullido de nata y chocolate.
Cuando llegaba a casa tras la jornada laboral se quedaba de pie largo rato, sin quitarse el abrigo mirando sus paredes. Limpias. Vacías de lienzos, láminas, grabados, ni siquiera una fotografía de algún familiar o propia. Lo cierto es que tampoco le agradaba ese tipo de personas que tienen sus casas llenas de cuadros como si quisieran demostrar que han ido a un museo y comprendido lo que han visto.
-Todavía no...-musitaba contemplando el largo pasillo blanco como la cal, atravesándolo como un túnel. Oscuro.
Las personas que tienen un complejo de inferioridad pueden hacer dos cosas: estar paralizadas y no actuar, o abandonar esa actitud pasiva y pasar a la acción; para Alfredo eso se traducía en visitar museos. Las más de las veces salía muy decepcionado aunque no se rendía; algún día un cuadro "le miraría" y entonces él haría lo imposible por conseguirlo. Mientras, los encuentros con esos nuevos amigos elitistas que el azar había colocado en su vida social, seguirían siendo sus clases en la Escuela de Arte que jamás pisó.
Un día pasó por una librería y un libro llamó su atención: "Vida y obras de Picasso", ni lo dudó, con las yemas de los dedos empujó el cristal de la puerta y al minuto salía con él debajo del brazo. Aquella noche descubriría si sentía o no alguna cosa. Picasso. Había adquirido un libro que hablaba de un genio. Era evidente que estaba dando un gran paso.
Ese momento no resultó como había pensado. No surgió tal comunión entre el artista malagueño y Alfredo. Repasaba lentamente cada obra: "El guitarrista ciego",por ejemplo y sus pupilas trataban de absorber cada trazo, cada tonalidad pero, no había manera.
Cerró los ojos y la madrugada se le había echado encima. Cigarro en mano, cabeza a punto de estallar hizo un recorrido mental vertiginoso por cada una de las relaciones que había tenido y lo mucho que le habían llegado a conmover: las rupturas, las alegrías, un beso que no esperaba, una atención o preocupación por parte de una muchacha, no se podía decir que careciera de sentimientos... y si sus amigos se empeñaban en que el arte "se siente": ¿por qué no se le "movía" nada por dentro, ante la obra de un genio? tal vez, se trataba de una sensibilidad elevada a la cual, jamás él llegaría. Con ese absurdo pensamiento se quedó dormido en el sofá.
Pasó una noche llena de sobresaltos. Sentía punzadas en el corazón. El rostro de una chica de la que estuvo realmente enamorado y no trató justamente se le aparecía en diversas tonalidades como los cuadros que había estado mirando. La chica le rozaba la cara con su melena larga de pelo azul, mientras una mano deforme le acariciaba el brazo. Qué desazón, cuánto la echaba de menos y ella parecía estar triste o no... no podía asegurarlo porque apenas podía reconstruir su rostro. Se removía en el sofá, el libro cayó de sus piernas y el ruido lo despertó mecánicamente, como si hubiera sonado un despertador. Le dolía hasta el alma, todavía se hallaba en el sueño, así que cogió el libro con desgana y clavó la mirada en una mujer, que entre varias le "miraba", casi le hablaba: "Alfredo, soy yo"
Salió del sueño profundo y encendió otro cigarro.
¿Me hablas a mí?-le preguntó a la mujer.
-Sí...
- Tú eres Ella, la mujer que más he querido y me quiso-le contestó con tímidas lágrimas en los ojos
El cuadro aparecía ahora en tres dimensiones y el resto de las mujeres le miraban con curiosidad, eran de formas angulosas y sus miradas estaban llenas de una tristeza infinita, algunas tenían el rostro deforme y eso le causó una pena repentina porque trataban de ocultarse con las manos.
Las señoritas de Avignon o de Aviñón, Pablo Picasso 1917
- No creo-le dijo ella conmovida- soy sólo una pintura, existo desde hace mucho tiempo, tanto que eso es imposible. Totalmente.
-Demasiado, demasiado... -corearon las demás con voces suaves.
-Debéis estar en lo cierto, yo no sé nada de nada- masculló mientras daba una calada al cigarro y las lágrimas no cesaban.
-¿La querías mucho?- le preguntó una de las mujeres con el rostro tapado
-Tanto que no recuerdo haberme vuelto a sentir así: Pleno - los ojos clavados en la pintura, brillaban por el llanto.
Todas al unísono sonrieron, y hasta las que tenían sus rostros desfigurados le miraron sonrientes y musitaron de nuevo, esta vez la palabra "gracias" una por una.
-¿Por qué?- pudo decir él preso de un llanto sin fin como la lluvia fina y una media sonrisa.
-Porque te hemos conmovido, has recordado a alguien especial al mirarnos y sólo somos una pintura que recibe comentarios pomposos que ni nosotras entendemos. No existimos, es normal, no comprendemos casi nada,pero las lágrimas sí sabemos lo que son (es algo bueno) aunque tampoco sabemos la razón.
Sedado por el llanto, ahora dulce, volvió a caer rendido en un sueño, mecido por las palabras, un sueño profundo y reparador.
A la mañana siguiente, compró una lámina de "Las señoritas de Aviñón" y nunca más puso en duda que no entendiera de arte. Sus más profundos sentimientos le habían sacado de semejante mentira.